La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, encabezó una clase abierta junto a estudiantes secundarios y familiares de las víctimas.

Hay fechas que duelen distinto, y el 18 de julio es una de ellas. A 32 años del atentado más grave de la historia argentina, la Ciudad de Buenos Aires no dejó pasar la efeméride en silencio: la ministra de Educación, Mercedes Miguel, participó de una clase abierta organizada por la AMIA, en un encuentro que combinó memoria, testimonio y compromiso educativo.

“A convivir y a erradicar discursos de odio se aprende. Eso se aprende y se siembra en nuestras aulas”, afirmó Miguel, dejando en claro que la escuela sigue siendo, para el Gobierno porteño, el terreno donde se construyen los valores que sostienen la convivencia democrática.

📖 Qué pasó en la clase abierta

Como periodista, me tocó reconstruir una jornada cargada de emotividad, en la que confluyeron distintas generaciones para no dejar que el paso del tiempo diluya lo ocurrido aquel 18 de julio de 1994. Estos fueron los puntos centrales del encuentro:

  • 🏛️ Organización conjunta: la actividad fue impulsada por la AMIA junto al Ministerio de Educación porteño.
  • 🎓 Estudiantes protagonistas: participaron alumnos de escuelas secundarias de la Red Escolar Judía y de otras instituciones de la Ciudad.
  • 🗣️ Testimonios directos: familiares de las víctimas compartieron sus vivencias con los jóvenes presentes.
  • 👤 Presencia institucional: asistió el presidente de la AMIA, Osvaldo Armoza, junto a autoridades de la mutual.
  • 💬 Eje de la jornada: memoria, respeto, convivencia y el reclamo permanente de justicia, aún sin resolver tres décadas después.

“La escuela es el lugar para el buen trato, el buen convivir, el hacer el bien; todos los días podemos elegir hacer el bien”, agregó la funcionaria, en una frase que funcionó casi como cierre conceptual de todo lo que se vivió en el aula ese día.

🔎 Lo que esta clase abierta pone en el centro de la escena

Me parece fundamental detenerme en esto: actividades como esta no buscan solamente recordar una fecha en el calendario, sino instalar en las nuevas generaciones una pregunta incómoda y necesaria sobre cómo se construyen los discursos de odio y qué rol cumple cada uno para evitar que se repitan. Que sean justamente los estudiantes quienes escuchen de primera mano los testimonios de los familiares de las víctimas le da a la memoria un carácter vivo, que no depende únicamente de los libros de historia sino del vínculo directo entre generaciones. Ahí radica, para mí, el verdadero valor pedagógico de este tipo de encuentros.

A 32 años del atentado, la justicia sigue siendo una deuda pendiente, pero la memoria, al menos, encontró en las aulas porteñas un lugar donde seguir viva. Y esa, aunque parezca poco, es una forma concreta de resistencia.