Qué pasa con la comida que queda en el plato, cómo se reciben los menús escolares y qué puede hacer cada integrante de la comunidad educativa son algunas de las claves para reducir el desperdicio de alimentos en las escuelas de la Ciudad de Buenos Aires.

En las escuelas porteñas, cuidar los alimentos también forma parte del aprendizaje. Desde la planificación de los menús hasta lo que finalmente queda en los platos, distintas acciones permiten detectar oportunidades para evitar descartes innecesarios y promover hábitos más responsables entre los estudiantes.

En Retiroweb pongo el foco en un aspecto que muchas veces pasa inadvertido: lo que sucede con la comida una vez que llega a la escuela. No se trata solamente de ofrecer preparaciones nutritivas, sino también de conocer qué alimentos son aceptados, cuáles generan mayor interés y qué situaciones pueden terminar provocando desperdicio.

Para conocer mejor esta realidad, nutricionistas del Ministerio de Educación realizan evaluaciones sobre la aceptación de los menús que reciben los estudiantes en las escuelas.

Estas observaciones permiten reunir información sobre la manera en que los chicos y chicas reciben las diferentes preparaciones. El objetivo no es solamente saber qué platos gustan más o menos, sino contar con datos que puedan servir para acompañar la planificación de futuras propuestas alimentarias.

  • 🥗 Evaluar la aceptación de las distintas preparaciones que forman parte de los menús.

  • 📊 Generar información que ayude a planificar las propuestas alimentarias.

  • 🍎 Mantener el foco en la calidad nutricional de las comidas.

  • ♻️ Detectar oportunidades para disminuir el desperdicio de alimentos.

  • 👩‍🍳 Optimizar el aprovechamiento de las materias primas durante la preparación.

Reducir el desperdicio no depende de una sola persona. La tarea involucra a estudiantes, docentes, equipos de conducción, familias y también a quienes trabajan diariamente en los servicios de alimentación.

Cada actor puede aportar desde su lugar para instalar una mirada diferente sobre los alimentos y los recursos utilizados para producirlos.

La escuela, en este sentido, aparece como un espacio donde pueden construirse hábitos que después continúan fuera del aula. Un aprendizaje sobre el cuidado de la comida puede llegar también a los hogares y convertirse en pequeñas decisiones cotidianas.

 Evitar servir de más, valorar los alimentos, comprender el trabajo que existe detrás de cada comida y aprovechar mejor los recursos son acciones que, sumadas, pueden contribuir a reducir el descarte.

El trabajo para disminuir el desperdicio comienza incluso antes de que la comida llegue al plato. Desde los servicios de alimentación se realiza una selección de los alimentos y se aplican técnicas culinarias destinadas a aprovechar de manera eficiente las materias primas.

Esto permite reducir pérdidas durante la preparación y utilizar mejor los productos disponibles. Así, el cuidado no se limita al momento del consumo: atraviesa distintas etapas del proceso.

Combatir el desperdicio de alimentos no es solamente una cuestión de cocina, sino también de educación, participación y hábitos. Cuando la comunidad educativa se involucra, la comida deja de ser vista simplemente como algo que se sirve y pasa a valorarse como un recurso que merece ser cuidado.

La reducción del desperdicio empieza con acciones concretas y puede continuar en cada hogar. Desde la escuela, aprender a valorar los alimentos también significa aprender a cuidar los recursos y asumir pequeñas responsabilidades que pueden generar un impacto mayor.