En el corazón de la ciudad, un rincón de Retiro mantiene viva la memoria de uno de los atentados más dolorosos de nuestra historia reciente.
Fue un martes, 17 de marzo de 1992, cuando el corazón de Buenos Aires se detuvo por el estruendo de una explosión. La Embajada de Israel, ubicada en la intersección de Arroyo y Suipacha, quedó reducida a escombros. Murieron 22 personas y más de 200 resultaron heridas. A más de tres décadas del atentado, ese espacio —que alguna vez fue destrucción— se transformó en un lugar de encuentro, reflexión y homenaje: la Plazoleta Embajada de Israel.
“Este lugar no es solo una plaza, es una herida abierta que decidimos no tapar. Cada árbol, cada nombre tallado, nos recuerda lo que pasó para que nunca vuelva a pasar”, dice conmovida Ruth, familiar de una de las víctimas, mientras recorre el lugar.
Un memorial en medio del tránsito porteño 🌳
Visité la plazoleta un día cualquiera, aunque no lo fue. Basta con detenerse unos minutos frente a ese espacio para sentir que algo nos atraviesa. Lo que se hizo allí no fue solo urbanismo: fue un acto colectivo de memoria.
Los responsables del diseño —los arquitectos Gonzalo Navarro, Hugo Alfredo Gutiérrez, Patricio Martín Navarro y Héctor Fariña— ganaron un Concurso Internacional de Anteproyectos para reconstruir el significado de ese lugar. Lo lograron con sensibilidad, con silencio, y con árboles.
¿Qué encontramos hoy en la plazoleta?
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22 árboles plantados, uno por cada víctima, en un gesto simbólico de vida y memoria.
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Las medianeras del predio conservan los nombres grabados de quienes perdieron la vida en el atentado.
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Un espacio limpio, sobrio, sin exceso de ornamentos, pero con un peso simbólico inmenso.
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Placas conmemorativas y señales que invitan a no olvidar, en un país con una historia marcada por el olvido selectivo.
El monumento fue inaugurado como tal, pero también como advertencia. No es solo un homenaje: es un mensaje a la sociedad. Un recordatorio constante del horror que puede provocar el odio llevado al extremo.
No es una plaza más: es un testimonio vivo 🕯️
Podría haber pasado desapercibido entre tantas esquinas porteñas. Pero hay algo en esa plazoleta que detiene. Tal vez sea el contraste entre la calma del espacio y la violencia de lo que ocurrió allí. O tal vez sea que, en medio de la ciudad acelerada, hay un rincón que nos obliga a mirar atrás.
No hay juegos para niños ni ferias ni bicicletas. Hay silencio. Hay árboles que susurran los nombres de quienes ya no están. Hay personas que llegan, leen las placas, dejan una flor, y siguen. Pero no se van iguales.
Lo que no se olvida, no se repite ✡️
Caminar por la Plazoleta Embajada de Israel es un acto de memoria activa. No es necesario ser familiar de una víctima ni haber vivido aquel 1992 para entender lo que ese lugar representa. Lo entendés apenas cruzás la calle y el murmullo del tránsito se apaga, como si el tiempo se detuviera.
Como cronista y como ciudadano, sentí que no podía dejar de escribir sobre este lugar. Porque en tiempos de ruido, recordar en silencio también es una forma de resistencia. Y porque la memoria, como los árboles, necesita tierra firme para crecer.